lunes, 7 de enero de 2013

«Participar en política es una bandera de nuestra lucha»: La guerrillera holandesa Alexandra Nariño

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Alexandra Nariño o Tanja Nijmeijer, su verdadero nombre, es desde hace diez años guerrillera de las FARC-EP. A su llegada a Colombia, se quedó impresionada con «la pobreza» que vio a su alrededor. Sintió vergüenza, propia y ajena. Ese fue «el puente que me llevó a investigar más a fondo las cosas» y a unirse, posteriormente, a la guerrilla. En la actualidad, es una de las caras visibles y más mediáticas de la delegación de las FARC en la mesa de diálogo en La Habana.
Por Ainara LERTXUNDI, Diario Gara
La incorporación de la guerrillera holandesa Alexandra Nariño a la mesa de diálogo entre las FARC-EP y el Gobierno colombiano generó un revuelo entre los medios que se desplazaron a Oslo a mediados de octubre. Discrepancias de última hora impidieron su presencia en la capital noruega, uniéndose días después al resto de delegados de la guerrilla en La Habana.
Sobre ella se han escrito libros y reportajes de todo tipo. Su nombre de pila, Tanja Nijmeijer, tiene cerca de 496.000 entradas en internet. Alexandra Nariño, el nombre que adoptó al entrar en la guerrilla, se reafirma en sus convicciones y resalta los valores que le ha aportado estar en contacto con «la miseria que vive el pueblo colombiano». Ha sido testigo de la muerte de Jorge Briceño o Mono Jojoy en un bombardeo y de otros ataques aéreos del Ejército. Desde la capital cubana, relata a GARA su experiencia, haciendo hincapié en la apuesta de las FARC por «la paz y por un país más equitativo».
¿Qué le ha aportado la guerrilla a nivel ideológico y personal?
A nivel ideológico, el materialismo dialéctico e histórico me ha abierto los ojos, en el sentido de que me ha hecho entender por qué el mundo está como está; uno aprende a ver la realidad desde el punto de vista de la lucha de clases, para así entender los procesos históricos. Pienso que -sin ser consciente de ello- yo tenía una mentalidad eurocentrista, tomando como punto de partida siempre la socialdemocracia europea. Ahora he cambiado esa visión; creo que todos los pueblos del mundo buscan sus propias formas de ejercer la democracia y la soberanía. En eso no puede haber lineamientos estrechos, limitaciones, ni imposiciones. Y aunque hay voces que dicen que me lavaron el cerebro, yo afirmo que he tenido la fortuna de ponerme en contacto con nuevas visiones del mundo, sobre todo aprender a mirar desde los escenarios donde abunda la miseria, las necesidades de la gente que padece hambre, falta de techo..., por ejemplo, y me he hecho a herramientas importantes que me permiten a mí misma buscar las respuestas a las miles de preguntas que volaban en mi cabeza.
A nivel personal, mi militancia me ha ayudado a comprender mucho mejor a las personas. Todavía soy crítica pero no juzgo tan rápido como lo hacía antes. Aprendí a trabajar en colectivo, pues antes creía que las tareas salían mejor si las hacía sola, ahora entiendo que no hay nada mejor que el trabajo colectivo, así no sea lo que yo tenía en mente. Aprendí a compartir, también en situaciones de escasez. Honestamente, antes me dolía por dentro tener que compartir cualquier cosa. Ahora recibo algo e instintivamente empiezo a pensar quién necesita, a quién le puedo alegrar la vida con un detalle.   
¿Cuál fue su primera impresión al llegar a Colombia?¿Cómo fueron sus comienzos en la selva?
Lo primero que me impactó fue la pobreza. Recuerdo, cuando estaba haciendo la ruta escolar con los niños del colegio donde trabajaba -niños sin otras preocupaciones que sus notas o qué ropa ponerse- vimos una familia completa de indígenas descalzos caminando por la calle; desplazados. Los niños se burlaban y gritaban: «¡Nosotros tenemos plata y ustedes no!». Sentí vergüenza ajena.
Otro recuerdo: unos hombres buscando comida en mi basura una mañana cuando estaba esperando la ruta escolar. Sentí vergüenza, esta vez no ajena. Esos días fueron de una constante curiosidad, observar ese nuevo mundo que me rodeaba, me sentía incapaz de resignarme a esa realidad. La guerrilla es la respuesta del pueblo a esa realidad, no solo de pobreza, sino también de terrorismo de Estado, que estaba todavía por descubrir. De exclusión política. La pobreza es solo el síntoma más palpable de ese Estado de exclusión de las mayorías y para mí, fue el puente que me llevó a investigar más a fondo las cosas.
Apenas conociendo algunos aspectos de la sociedad colombiana, la existencia de una guerrilla se me hizo completamente natural. Y al mismo tiempo un ejemplo de no resignación, de combatividad. Y sentí también como natural mi ingreso a la selva, como consecuencia del proceso que había vivido, no lo sentí como una decisión radical, sino lógica.
Me identifiqué con esta causa, y eso fue suficiente. Como tal asumí mi nueva vida, como algo natural, que no equivale a decir que fue algo fácil, tuve mis dificultades de adaptación, físicas, lingüísticas, culturales, de todo tipo. Me desesperaba el sonido de los grillos, que se vuelve más fuerte sobre las 16.05 de la tarde (ahora me hace falta). No conocía el machete, ni mucho menos sabía manejarlo (ahora me hace falta). Muchos obstáculos que sobrepasar. Pero aquí estoy.
¿Cómo es la vida en la guerrilla?
La vida es impredecible, por la misma dinámica de la guerra. Hoy estás aquí, mañana allá. Somos móviles, cargamos nuestra casa a la espalda como los caracoles. No nos apegamos a las cosas materiales. Por la misma dureza de la guerra, los guerrilleros no nos dejamos achicopalar por nada, en los campamentos hay un ambiente de alegría y camaradería. Trabajamos hasta las 15.00, luego nos bañamos y tenemos la hora cultural, con canto, poesía, lectura de documentos, y discusión sobre las noticias o documentos. Por la tarde, hay relación militar, donde se ventilan los problemas habidos en las últimas 24 horas. Y, una vez a la semana, reunión de partido, donde hay educación, análisis político, críticas y autocríticas. Las tareas son muy diversas: organización de masas, educación, alfabetización, cocinar, pagar guardia, pelear, hacer inteligencia, transportar alimentos, cargar leña y muchas cosas más. Nunca es monótona: hoy estás en una emboscada, mañana en entrenamiento político-militar y pasado mañana ranchando.
En estos diez años, ha sido testigo de los bombardeos del Ejército. ¿Cómo los describiría?
Estuve en el bombardeo donde asesinaron al camarada Jorge Briceño, y antes también había estado en otros bombardeos. Es difícil describirlos, lo único que puedo decir es que es una forma de atacar tan cobarde, que sales con una fuerza renovada para combatir el terrorismo de Estado. Es en esos momentos que realmente cobra sentido esa palabra: terrorismo de Estado; cuando tú te das cuenta de que ese Estado está dispuesto a hacer cualquier cosa para asesinar a sus propios ciudadanos, quienes simplemente tienen otras ideas sobre política, economía o democracia. Póngase a imaginar lo contrario, si la guerrilla tuviera aviones y bombardeara a la fuerza pública masivamente, por la noche cuando están durmiendo: ¿Qué diría el mundo? ¿Diría también que esas bombas de 500 kilos son «armas convencionales»? Pienso que todos los organismos de derechos humanos nos caerían encima, denunciando semejante crimen de guerra.
La también delegada de las FARC Sandra Ramírez ha denunciado «el menosprecio por las mujeres» por parte del enemigo, al que acusa de torturas e, incluso, mutilaciones. ¿Qué papel desempeña la mujer en la guerra? ¿Y dentro de la guerrilla?
Hay muchísimas denuncias de mujeres prisioneras de guerra en manos del régimen, desde torturas hasta violaciones por parte del Ejército y de carceleros. Es el mismo machismo tan latente en la sociedad latinoamericana que en la guerra coge unas formas espantosas y que se pueden resolver acabando la guerra o regularizándola. En la guerrilla, hombre y mujer son iguales, cualquier forma de discriminación de la mujer es fuertemente combatida. Las mujeres que estamos en la guerrilla tratamos de ser un ejemplo para la mujer colombiana, oprimida de muy diversas maneras, mostrando en la práctica que las mujeres somos parte activa en esta lucha, que es la lucha del pueblo en su conjunto, hombres y mujeres.
Sobre usted se han escribo varios libros y reportajes de todo tipo. ¿Cómo se ha sentido a lo largo de estos años siendo el foco de atención, y más ahora?
Como para mí fue un proceso tan natural, al principio me sorprendía sobremanera el asombro de mucha gente al ver una holandesa en la guerrilla colombiana. Para mí, francamente esa atención en muchos casos limita con sensacionalismo, amarillismo, todo el mundo tiene una opinión sobre mí y sobre las FARC, mucha gente sin siquiera conocer el conflicto o la situación de miseria que vive el pueblo colombiano. Son rápidos en juzgar, pero muy perezosos a la hora de estudiar las causas, las razones del alzamiento en armas del pueblo colombiano. De forma sumisa adoptan los conceptos doctrinarios «terroristas, narcotraficantes, secuestradores» sin pensar críticamente.
Tengo que decir que también hay otro lado de la medalla, hay gente que, motivada por mi ingreso, empezó a ver la importancia del internacionalismo y la lucha contra el gran capital, y eso obviamente me llena de satisfacción. 
El Gobierno colombiano y las grandes corporaciones mediáticas utilizaron en su contra y en contra de la guerrilla unos párrafos de un diario suyo incautado durante una operación del Ejército. ¿Qué aprendió de aquello? ¿Qué huellas le dejaron?
Mi diario fue un reflejo de todas mis vivencias durante los primeros años en la guerrilla. Contenía alegrías y tristezas, pensamientos críticos y ataques de rabia o de mal genio. Sacaron cinco o seis frases y con eso hicieron una gran manipulación mediática. Como si fuera un escándalo que acá hay contradicciones, problemas y defectos. ¡Somos humanos! ¿Por qué en mi diario no hablo de las cosas que tanto se le imputan a las FARC? ¿Del reclutamiento forzoso de niños, ataques a la población civil, narcotráfico....? Nadie se ha preguntado eso, y muestran como un enorme escándalo el hecho de que tengamos defectos. Lo que aprendí de todo ese episodio, fue que el Estado colombiano no escatima esfuerzos ni dinero para satanizarnos y que uno tiene que ser cuidadoso con eso, en el entendido de que la gran prensa que está al servicio de las transnacionales, respecto a nosotros no tiene intención de hacer relucir la verdad, sino el formato de tergiversaciones y desprestigio que se ha creado para combatirnos.  
Uno de los cursos que recibió en la selva fue impartido por Simón Trinidad. Las FARC han pedido al presidente estadounidense, Barack Obama, que lo indulte. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Albergan esperanzas de que pueda participar en la mesa tras la negativa de la Casa Blanca a indultarlo?
Insistimos en la participación de Simón Trinidad en la mesa, porque ha sido y es hombre de paz, con una enorme capacidad política y una firmeza ideológica que ha sido demostrada durante todos estos años. Confiamos en que el Gobierno estadounidense, tras tantos años de aportarle a la guerra en Colombia, con equipos bélicos, asesores y tecnología punta, planes militares específicos de contrainsurgencia, recapacite y haga también un aporte muy importante a la paz de este país.
Yo creo que la voluntad existe, escuchando diversas declaraciones que altos funcionarios de ese país han dado en apoyo a la paz de Colombia, pero lo complicado es que el Gobierno colombiano, que fue el que lo extraditó inventándose pruebas falsas, no conceda siquiera la gracia de una simple solicitud al Gobierno esta- dounidense en el sentido de que analicen el caso, que entre otras cosas comporta una condena por asuntos diferentes a los que se argumentaron para extraditarlo.   
¿Por qué Bogotá puso trabas a su inclusión a la mesa de diálogo?
Creo que no fueron tanto jurídicas, como dicen, sino políticas. A ellos, quienes están bajo órdenes directas de Washington, reciben ayuda militar extranjera, hacen concesiones permanentes al capital extranjero, les incomoda esta piedrita en el zapato; les da temor que tal vez mi presencia pueda despertar un sentido crítico en mucha gente, que tal vez las FARC no sean terroristas como ellos afirman. Por otra parte, ellos saben que mi presencia es reflejo de la fuerza que en los movimientos revolucionarios tienen hermosos y profundos conceptos como internacionalismo y solidaridad.
¿En qué situación se encuentra el campesinado? ¿Cómo es su contacto con las comunidades más afectadas por el conflicto?
Todos coincidimos en señalar el problema de la tierra en Colombia, su tenencia y uso desigual, su acumulación en muy pocas manos mediante el despojo violento como causa fundamental del conflicto. El 1,15% de la población posee el 52% de las tierras, tema que hay que resolver con urgencia. La concentración y despojo de la tierra ha dejado en el último cuarto de siglo cerca de 6 millones de hectáreas arrebatadas. Algunos calculan que pueden ser 8 millones; esa acumulación de tierras sigue su curso, a través del paramilitarismo desplazan a los campesinos y despojan las tierras para entregarlas a las grandes empresas multinacionales, para sacar petróleo, carbón, oro... todas las riquezas naturales que tiene Colombia.
Nosotros pensamos que esa libre entrada de los inversionistas tiene que ser controlada, que primero está la soberanía del país, la soberanía alimentaria y el bienestar de su gente. Esa concentración y despojo de la tierra hace que el campesino viva en un estado de total abandono, no tiene salud, carreteras por donde sacar sus productos, viviendas en estado deplorable, hay mucho analfabetismo. Y en su gran mayoría son ellos los que llegan a las filas de la insurgencia. El contacto nuestro con las comunidades es muy estrecho, debido a que son sus hijos, sus hermanos y hermanas quienes están en la guerrilla. La guerrilla va, habla con la población, hace que ella misma se organice, y ellos nos llegan con sus problemas, preocupaciones y conflictos.
A mí me ha tocado construir puentes con la población, se hacen todo tipo de trabajos en conjunto. Me acuerdo que una vez estábamos en una casita haciendo dos olladas grandes de sopa cuando el Ejército nos sorprendió y nos tocó salir. A las 9 de la noche llegamos cansados a un sitio. Nos acostamos hambrientos porque no habíamos comido y estábamos seguros de que no íbamos a comer hasta el día siguiente. Cuando a las 10.30 de la noche nos despertaron los compañeros de la casita, quienes habían venido con una mula a traernos la sopa. ¡Orgullosos porque nos habían encontrado y el Ejército no! Son experiencias muy bonitas que se viven con la población.     
En Oslo, el jefe negociador del Gobierno, Humberto de la Calle, dijo que son las FARC las que están en deuda con las víctimas, obviando la pregunta que le hicieron sobre «el terrorismo de Estado». Por su parte, Iván Márquez ha resaltado que las FARC desean «la reconciliación de la familia colombiana». ¿Qué pasos estaría dispuesta a dar la guerrilla en ese sentido?
Nosotros siempre pensamos en las víctimas de esta guerra impuesta por el Estado. Nuestro alzamiento en armas ha sido una reacción justa, legítima, contra el terrorismo de estado. Pero también sabemos que la confrontación ha generado en la contraparte también consecuencias y hay casos de soldados de los que sus familias no tienen noticia y seguramente otro tipo de situaciones que hay que analizar. Sobre eso, las FARC-EP siempre han sido claras en decir que están dispuestas a contribuir en el esclarecimiento de los casos, de manera directa con los familiares y no con los que juegan con el dolor ajeno acusándonos de todo, sin tomar en cuenta por ejemplo que muchos soldados de los que han caído en combate jamás han sido recogidos del campo de batalla y son presentados como desaparecidos a sus familiares.
En Oslo, varios colombianos exiliados comentaron a GARA que «se debe privilegiar una paz estable y duradera sobre el castigo», mientras que el periodista francés Romèo Langlois consideró que «la solución pasa por un gran proceso de la verdad». ¿Qué significan para ustedes términos como castigo y verdad?
Las FARC-EP pensamos que es importante encontrar la verdad, sin manipulaciones mediáticas, sin la desinformación y el uso de la propaganda fascista que usan como parte de la guerra contrainsurgente. En esa búsqueda hay una responsabilidad fundamental, histórica, del Estado, la cual no se puede seguir escamoteando. Por lo demás, por siempre nuestras normas internas son claras en no permitir que la insurgencia se convierta en victimaria de su propio pueblo.
Otro de los puntos de la agenda pactada en La Habana en agosto con el Gobierno es la participación política. En la entrevista a GARA, Marco León Calarcá afirmó que si se resuelven las causas que dieron origen y alimentan el conflicto, las armas pierden vigencia. ¿Ven cerca ese día? ¿Qué garantías exigen para que no vuelva a ocurrir lo de la Unión Patriótica?
Poder participar en la política sin ser masacrado por el régimen ha sido un sueño y una bandera de nuestra lucha desde que la iniciamos. Qué tan cerca está ese día, depende de la voluntad del Estado colombiano. En la mesa hay que buscar precisamente cómo se garantiza esa participación política. Son los asuntos que esperamos se puedan conversar y solucionar. No tendría sentido luchar 48 años para entregar los fusiles y luego enfrentarnos -desarmados- al mismo terrorismo de Estado que ha reinado durante tantos años. Tienen que producirse unos cambios estructurales, políticos, económicos, sociales de fondo, ya que realmente la experiencia de la Unión Patriótica ha sido una lección histórica sobre el carácter criminal y traicionero del Estado. Las FARC no son una organización bisoña a la que la contraparte pueda llevar a la rendición o a la entrega de armas y desmovilización con simples promesas.
El director de la Policía Nacional de Colombia, José Roberto León Riaño, ha dicho que las FARC preparan «una oleada terrorista una vez finalice la tregua». ¿Cómo valoran estas declaraciones?
«Tras de ladrón, bufón», se dice en Colombia. Tras de que el Gobierno no quiere crear un ambiente de paz, mediante un cese bilateral al fuego, ni quieren acuerdos para regularizar la guerra para aliviar el sufrimiento de los colombianos, están quejándose porque «no cumplimos» o porque estamos preparando «grandes oleadas terroristas». Es difícil tomar en serio a los que lanzan este tipo de comentarios. En otras palabras: si no tienen el valor de tomar decisiones de paz, deben de tener al menos el valor de quedarse callados.
Llevan ya más de un mes dialogando en La Habana. ¿Qué ambiente se respira en la mesa y entre los delegados de ambas partes?
El ambiente es bueno, se respira respeto de ambas partes. Somos dos partes en conflicto y como tal hay contradicciones y muchos puntos de vista diferentes, y se trata de buscar soluciones a ellos. Recordemos que sobre los puntos de la Agenda propiamente no se puede esperar que existan resultados mejores que los que ya tenemos si tomamos en cuenta que son muy pocos los días que se han dedicado al estudio del primer punto referidos a políticas de desarrollo rural integral. Antes estuvimos muy centrados en resolver aspectos metodológicos y técnicos que nos servirán de mucho para abordar los temas con mayor fluidez.
¿Cuáles son sus previsiones para este año que empieza?
No quisiera ponerme a «brujear», lo único que puedo hacer es reiterar la voluntad de paz de las FARC-EP en su conjunto. Sí puedo augurar, con certeza además, que las FARC volveremos a emprender con mayor determinación, con optimismo, con mucha esperanza las jornadas de diálogo del próximo año. De hecho, nosotros estamos estudiando, elaborando propuestas, intercambiando con la gente puntos de vista para construir iniciativas que permitan que el proceso avance. Queremos la paz y queremos un país más equitativo, queremos que se valore y se respete a las grandes mayorías y su derecho a una vida digna.

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